Post hoc

Gracias a Josiah Bartlett (para mí y los demás amigos, Jed) descubrí eso de Post hoc ergo procter hoc: decir que algo es causa de otra cosa, simplemente porque ocurrió antes. En Cuéntalo bien hablaba de atribuir el suspenso del niño a que hubiera jugado el día anterior a la Play Station, por ejemplo, cuando igual era que la profe le tenía manía. Pero no sabía que se llamara así porque aún no había conocido a Jed.

Los que trabajamos en ficción solemos inventarnos los porqués, y eso está muy bien. Y cuanto más simple la causa, cuanto más solita esté, mejor funciona. Nos la inventamos porque podemos. Eso sí, el placer –o la tranquilidad- que da ese mundo esforzadamente ordenado de las historias se encuentra pocas veces en la realidad.

Pero el ser humano, yonki de sentido, sigue buscando ese placer. Sigue buscando causas simples y únicas de lo que le ocurre (“No ligo porque he engordado una barbaridad”) o de lo que ocurre (“El acoso mediático le llevó al suicidio”). Y cuando se cree las causas que se ha inventado, va y se pone a dieta, o instaura la censura, o cualquier otra cosa.

Más que buscar la verdad, lo que intentamos al preguntarnos un porqué es narrar una buena historia y que la gente se la crea. Las conspiraciones molan más que las casualidades, los arcos de transformación molan más que la ciclotimia, y como problema, los kilos son más solucionables que un carácter endemoniado.

Personalmente, me he propuesto reservar los post hocs, e incluso la indagación sobre las causas de lo que ocurre, para mi trabajo de consultora de guión. En cuanto a la vida, confío en el guionista y estoy segura de que atará todos los cabos antes de terminar la película. Confío en que al final todo estará bien.

#EnTwitterNoDebato

¿Sabes cuando en una conversación vas a decir algo, coges aire, y luego decides que mejor no y exhalas? Me pasa todo el tiempo en Twitter, cuando leo cualquier cosa de cualquier tema de actualidad. El otro día lo hice hashtag: #EnTwitterNoDebato, y creo que voy a usarlo con frecuencia. En 140 caracteres no hay espacio para matices ni argumentos complejos, y además el personal está ahí con el colmillo afilado, dispuesto a lanzarse contra cualquier tweet que le huela a enemigo, y a mí me da pereza pelearme. Como no dejo de decir en cualquier radio que quiera entrevistarnos a cuenta de El verano de nunca acabar, las redes sociales han dado alas a la polarización. Si te suena la idea es porque también lo dice Soto Ivars, que creo que va a más radios.

Así que en twitter ya no debato porque creo que no sirve de nada, y lo que estoy planteándome ahora es si en algún sitio sirve de algo debatir. A ver, que a todos nos gusta un buen espectáculo con su conflicto, su alfa y su bajoperro; a todos nos gusta ver a nuestro paladín darse de leches con el paladín del otro. Pero el nuestro no dejará de ser nuestro porque pierda el debate. De hecho, nunca pensaremos que lo ha perdido. La coña en el libro era “Prueba la modalidad cara a cara, debatiendo con un visitante del otro bando; o la modalidad cuerpo a cuerpo (según el reglamento de la Federación Española de Kickboxing). El cara a cara incluye una encuesta online que te declara ganador del debate por abrumadora mayoría.”

No sé, quizá presenciar un debate –argumentos de un lado y de otro, y la fotogenia de quien los expone- te haga cambiar de opinión, si es sobre un tema que no te importa mucho. Viendo las reacciones que suscitan en otros las palabras “nacimiento parcial”, o que suscita en mí “heteropatriarcado”, creo que sobre lo fundamental nunca se cambia de opinión. Y aunque lo primero que te sale es pensar que el otro está tonto, y que no le furula el cerebro, acabo de descubrir que lo que pasa es que le furula divinamente.
Y es que EL CEREBRO NO ESTÁ PARA LLEGAR A LA VERDAD. Lo dice la neurociencia, y me enteré en un artículo de Elizabeth Kolbert en el New Yorker.

En su libro “El enigma de la Razón”, Hugo Mercier y Dan Sperber exponen que la ventaja del ser humano sobre otras especies es su capacidad para cooperar. Y la cooperación es difícil de implantar y aún más difícil de mantener, porque lo que nos sale a todos del alma es hacer cada uno la guerra por su cuenta. El cerebro evolucionó no para resolver problemas abstractos, ni para sacar conclusiones de datos nuevos, sino para lidiar con los problemas de vivir en grupos colaborativos: “El razonamiento es una adaptación a los nichos hipersociales a los que los humanos han evolucionado”.

Por ejemplo, el “sesgo de confirmación”: la tendencia a agarrarte (me agarro a la quinta enmienda) a la información que apoya tus creencias, y desestimar la que la contradice. Un experimento en Stanford dio dos estudios estadísticos sobre la pena de muerte –uno a favor, otro en contra- a dos grupos de estudiantes: uno a favor y otro en contra. Los estudios, inventados, presentaban estadísticas inventadas y diseñadas de forma que tuvieran la misma pinta de creíbles. Resulta que los que estaban a favor de la pena de muerte calificaron los datos anti pena de muerte de poco convincentes, y los que estaban en contra pensaron también que el estudio que daba datos a favor era poco convincente. Al final del experimento, los estudiantes tenían que confirmar su postura y –sorpresa- en ambos casos habían reafirmado y extremado su postura inicial. Otros estudiosos, Jack y Sara Gorman, dicen que este sesgo de confirmación hasta puede tener un componente fisiológico: experimentamos un pico de dopamina cuando procesamos información que apoya nuestras creencias.

Mercer y Sperber usan el término “sesgo de mi-bando”. Cuando a los humanos se les presenta el argumento de otro son muy buenos detectando su punto débil, pero en cambio están ciegos a las debilidades del propio. Ellos lo achacan a que para nuestros antepasados lo más importante era que no te dieran por saco, metafóricamente, otros miembros del clan (y que te mandaran a cazar mamuts mientras ellos se quedaban, tan panchos, en la cueva). Lo bueno no era tanto razonar sino ganar en las discusiones. Pero, claro, no tenían que lidiar con decisiones sobre la pena de muerte, ni manejarse con estudios inventados ni noticias falsas. Ni twitter.

Sigo fusilando el artículo del New Yorker. Sloman y Fernbach, otros científicos que imagino respetables, publicaron “La ilusión del conocimiento: por qué nunca pensamos solos”. Hicieron otro experimento en Yale: pidieron a los estudiantes que calificaran su conocimiento acerca de cosas cotidianas como el funcionamiento de un retrete. Todo el mundo se consideró un experto. La segunda parte del experimento era detallar, paso a paso, cómo funcionaba un retrete. Y fue entonces cuando descubrieron que no tenían ni puñetera idea. Sloman y Fernbach lo llaman “la ilusión de profundidad explicativa”: creemos que sabemos mucho más de lo que sabemos. Lo que nos permite mantener esta creencia es otra gente: llevamos fiándonos de los demás desde que descubrimos cómo cazar mamuts en grupo. Alguien ha diseñado un retrete, pues estará bien diseñado. Colaboramos tan bien que no sabemos dónde acaba nuestro conocimiento y dónde empieza el de los demás. A medida que se crearon nuevas herramientas, aparecieron nuevos espacios para la ignorancia: si todo el mundo hubiera querido saber los principios de la metalurgia antes de coger un cuchillo, mal. Así que esta ilusión de profundidad explicativa tuvo su punto, en su momento.
Donde empiezan los problemas, según Sloman y Fernbach, es en política. Porque una cosa es tirar de la cadena sin saber cómo funciona el mecanismo, y otra es votar a favor o en contra de algo, sin saber. Otro experimento curioso: en 2014 se pidió a americanos que dijeran cómo debía reaccionar Estados Unidos a la anexión de Crimea por parte de Rusia, y también que situaran Crimea en un mapa. Cuanto más despistados andaban sobre dónde estaba Crimea, más claro tenían que USA debía intervenir militarmente.

“En general, las convicciones muy firmes no surgen de un conocimiento profundo”, escriben Sloman y Fernbach. Y aquí, nuestra dependencia de otras mentes refuerza el problema. Si tu opinión sobre algo no tiene ninguna base y yo confío en ella, entonces mi opinión tampoco tiene ninguna base. Y si convencemos a un tercero, su opinión tampoco la tiene, pero ahora que somos tres ya estamos mucho más sobrados con nuestra postura. Si descartamos como “poco convincente” cualquier opinión contraria, lo que tienes es la Administración Trump, dice Elizabeth Kolbert en el artículo, aunque yo creo que también es aplicable a cualquier grupo humano cerril, que ya he dicho que en twitter lo parecen todos.
“Así es como una comunidad de conocimiento puede resultar peligrosa”, dicen Sloman y Fernbach. Han probado el experimento del retrete, pero sustituyéndolo por políticas públicas como implantar la Seguridad Social obligatoria o pagar a los docentes según resultados. Los participantes debían indicar su postura inicial en función de lo convencidos que estaban a favor o en contra. A continuación tenían que explicar, con todo el detalle que pudieran, el impacto de estas medidas. La mayoría de la gente aquí se lió, y cuando les pidieron que volvieran a calificar el grado de convicción en su postura, resulta que ya eran mucho más moderados…

Sloman y Fernbach ven en esto un rayo de esperanza, pero yo lo veo de difícil aplicación: fuera de un experimento científico, a ver cómo consigues que alguien pase un rato intentando explicarte honestamente y sin ánimo de convencerte las repercusiones de una iniciativa política, y acabe dándose cuenta de que no lo tiene tan claro como cree.
Con este cerebro trucado que por lo visto tenemos dudo que el debate, aunque sea presencial y cerveza en mano, vaya a conseguir ponernos de acuerdo o que nos bajemos de nuestra burra. Y sin embargo, fuera de las redes sigo discutiendo con amigos que no piensan como yo. A veces, lo reconozco, como en el experimento del retrete: si no rebato sus argumentos y solo pregunto quizá alguna vez se topen con sus propias lagunas. Pero aunque no sirva para que cambien de opinión, el debate con amigos siempre es útil: que gente a la que quiero piense semejantes chorradas me hace menos hostil hacia aquellos que en twitter dicen chorradas similares. Y a la inversa: creo que la gente que me quiere y que sabe cómo pienso es menos hostil con los que en twitter dicen lo que pienso yo. Tenemos la gran suerte, mis amigos y yo, de tenernos.

El problema no es que pensemos distinto. El problema no es que haya dos Españas, si las hay. Ochoas y Santamarías, izquierda caviar y derecha ultramontana, porcícolas y calabaceros, los de Alhorín del Cerro y los de Meneos de Muñón. El problema es que, por sus ideas, sean incapaces no ya de tenerse cariño sino de convivir. Las redes sociales son el peor lugar del mundo para querer a la gente que no piensa como tú. Volvamos a los bares y las calles, a matar el rato juntos en las plazoletas, volvamos a hacer la mili. Volvamos a la Uno y el UHF como mucho, a hacer cola en las mismas tiendas del barrio y a viajar en horas punta en el mismo autobús. Vamos a rozarnos, porque arden las redes y de esta mala leche generalizada no nos salvará el cerebro. Nos salvará, si eso, el corazón.

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De profundis

Siempre que alguien se burla de los Segers y McKees y de sus manuales súper ventas cuando no han escrito ni un guión bueno, pongo cara de póker y escurro el bulto, porque no me gusta polemizar. La cantidad de veces que me habrán preguntado que por qué no escribo, ya que tengo el desparpajo de asesorar a los que sí…

Suelo contestar que lo que más me gusta es mi trabajo de story editor, y que posiblemente mi credibilidad se resentiría si fuera una mala guionista; o una buena guionista de películas románticas cuando estuviera trabajando en un proyecto de terror, o viceversa. Por ejemplo: “Esto no se entiende”. “Tú qué vas a entender, pedazo de cursi, si ya vi tu truño de peli y lo explicas todo catorce veces”.

Pero, en realidad, podría dar otras explicaciones. Que aún no he encontrado la historia que me muera por contar (respuesta idealista), o que sí que he co-escrito algún encargo porque co escribir encargos no es lo mismo, (respuesta conservadora), o que sufriría demasiado si fuera la responsable de algo con lo que me identifico hasta las cachas, y lo pusieran a caldo sin piedad -respuesta sincera pero que denota cobardía. Y debería ser menos cobarde, porque con “Cuéntalo bien”, la cosa más mía hasta la fecha, he sido muy feliz: sus detractores fueron educados en sus críticas, y sus partidarios fueron encantadores.

Así que ya está. La suerte está echada. En diez días sale una novela, que es la historia que me moría por contar; y que he escrito a cuatro manos con la sin par Montse Ganges, con quien firmo como Margarita Melgar. Somos 100% responsables del resultado, con el que no puedo sentirme más identificada. Y aunque tiene muchas papeletas para que la pongan a caldo porque reparte leña en todas direcciones, España, el libro y yo somos así, señora.

A partir del 1 de febrero, de la editorial Harper Collins, EL VERANO DE NUNCA ACABAR.

Redes sociales

He estado tres semanas en Cuba, dando unas clases en la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños y luego en el Festival de la Habana. Internet iba muy malamente. He estado sin facebook ni twitter ni prensa digital ni memes por whatsapp.
Hoy, ya de vuelta, he podido al fin enterarme de lo del cara anchoa y el solsticio navideño y los padres de Nadia.

Ayer estaba tan contenta en La Habana y hoy se me está virando el humor. Será el jetlag, o el frío, o que echo de menos a los nuevos y viejos amigos que se han quedado allá. O será lo de haber vuelto a mi potentísimo wifi. Ay, si yo tuviera fuerza de voluntad qué fumadora más feliz sería.

Trabajar en verano

Pasé medio agosto a orillas del lago de Pátzcuaro, en México. El pueblito se llamaba Tzintzuntzan, que significa “lugar de colibríes”. En el antiguo convento, junto a las ruinas de pirámides prehispánicas, nos reuníamos a hablar de historias. De contrabando, fugas veraniegas, burros enamorados, inmigrantes, mineros, adolescentes, timos. Las cristaleras de mi casa daban a un jardín exuberante con estatuas de caracolas y por las tardes, hacia las seis, me sentaba con mis anfitriones a tomar una copa en el mirador sobre el lago. Fue un hermoso taller de guión…
https://cinequanonlab.org/es/

Malos de película

Lo que cuesta ponerse en la piel del antagonista, o del malo de la peli. Leo, de gente que escribe, que su malo es un paleto mafioso movido por el miedo, cuya provecta edad encima le imposibilita para tomar una decisión lógica y razonable desde su punto de vista y circunstancias, y no digamos ya para experimentar el famoso arco de transformación. Así que el malo debe morir al final para que se haga justicia. Hay veces que un malo de tebeo –digo tebeo porque seguro que en el mundo del cómic, que desconozco totalmente, hay malos sofisticados- le viene muy bien al guionista porque le ahorra trabajo: “¿Por qué tu malo hace esto aquí?” “Porque es un hijo de puta y punto”.
Pero yo creo que un antagonista currado, uno que no justificas pero entiendes, uno que le descubre al héroe algo de sí mismo que no sabía (el antagonista es la encarnación del conflicto interno del protagonista, se dice) es casi siempre mejor en un guión.
Cuanto menos, es muestra de empatía por parte de quien lo ha escrito.

Bendito deadline

Desde hace poco circula por las redes sociales esta charla TED, que describe el cerebro de un procrastinador.
https://www.ted.com/talks/tim_urban_inside_the_mind_of_a_master_procrast...
Si te quieres ahorrar el cuarto de hora, te lo cuento: en cada cerebro procrastinador hay un capitán de barco sensato que sabe hacia dónde debe dirigirse la nave para llegar a buen puerto. Y hay también un mono que quiere divertirse y conseguir una gratificación inmediata. Curiosamente, suele ser el mono el que se hace con el timón, y pone un rumbo divertido. El capitán quiere documentarse sobre poetas medievales. El mono se pregunta qué se hizo aquel donjuan, los compañeros de clase qué se hicieron, y entra en Facebook. Y van pasando las horas, el mono está haciendo el test de qué enanito de Blancanieves eres; y el capitán se lamenta porque el barco está a tomar por saco y les va a pillar el temporal.
El temporal, o la amenaza de temporal –lo que el video llama el monstruo del pánico- es lo único capaz de hacer que el mono suelte el timón. Por ejemplo, y en lo referido a escritores y guionistas, una fecha de entrega. En inglés, deadline. La línea muerta, la línea del muerto, la raya que no debes cruzar porque estás muerto.
Debes conocer a tu mono interior, y saber lo que le asusta. Para algún mono pusilánime el temporal es el deadline de un propósito de Año Nuevo. Algún mono temerario espera a la tormenta perfecta de la amenaza de despido para soltar el timón. Si tú, procrastinador, navegas siempre por aguas tranquilas, igual te da tirar por la borda al capitán porque el mono no va a dejar que ni se acerque. Así que ve hacia aquellos nubarrones en cuanto puedas. Comprométete, oblígate, jura por tus muertos y suelta trapo. Verás como al final el mono se acojona y tú acabas el dichoso guión, o lo que sea que estés escribiendo.

Así es exactamente como pasó en la realidad.

"Las descripciones y los personajes de Turguéniev no apuntan a nada que no sea a sí mismos, no son parte de una serie más amplia de acontecimientos y, así, está por determinar su relación con todo salvo con el tiempo y el espacio, que son la base misma de nuestra experiencia en el mundo. Esta máxima autenticidad, esta proximidad con lo real, se sacrifica en las novelas en favor de la forma en sí, para que sea posible transmitir algo esencial respecto a una relación particular, o respecto a secuencias de acontecimientos, o patrones psicológicos o estructuras sociales".
Es un trozo este artículo de Karl Ove Knausgaard, http://www.theguardian.com/books/2016/feb/26/karl-ove-knausgaard-the-sha... que he leído gracias a @SamuelDalva.
Sin el contexto y con mi traducción, igual no se entiende mucho, pero habla de uno de mis temas preferidos, que es la manipulación a la que hay que someter a lo real para que su sentido sea universal cuando escribimos ficción. De Cuéntalo Bien: "En el mundo muchas cosas parecen ocurrir porque sí. Es difícil encontrarles un sentido sin recurrir a la Fe, porque el único orden evidente es el orden cronológico: primero pasa una cosa, luego otra. En la narrativa, las cosas pasan por algo". Cuando tomamos como base para la ficción algo real, además del tiempo y el espacio ("Esto pasa en este sitio y en este momento determinado") intervienen los porqués. No hay que contar que algo pasa, hay que decir por qué pasa. Generalmente, hay que inventarlo. Hay que conectar causas y efectos y hay que convertir a los personajes en metáforas, hay que ordenar el mundo. Y entonces simplificamos, y entonces, efectivamente, nos alejamos de la complejidad y la incoherencia aparente que tiene el mundo auténtico, que tiene lo real, que es lo que alaba el tal Karl Ove que se puso a escribir su vida sin intentar pulirla ni ordenarla y que al parecer se ha hecho de oro.
Qué complicado es esto, llevo dándole vueltas toda la mañana. Quizá el "Pues así es exactamente como pasó" sea una respuesta válida a una nota de guión. Ay.

Vicios, perezas. Mi bio.

Cuando estudiaba la carrera de periodismo, vi ya en primero que jamás podría ser periodista: si no me enteraba del nombre del rector, de qué me iba a enterar yo de nada para poder contárselo a la gente. La actualidad me importaba poco, y seguirla no se me daba bien. Por eso decidí que tenía que trabajar en algo que disfrutara y me saliera natural, algo que tuviera que ver con mis hobbies. Descartando ser profesional del mus, me quedaba la ficción: me gustaba #1 ver películas y #2 leer. Y en un seminario de producción audiovisual –yo me apuntaba a casi todos los seminarios-, oí que allí en Los Ángeles había gente que vivía de leer películas. Y pensé que eso era lo mío.
Decir que lo conseguí es un poco pretencioso. En realidad, salió: acabé siendo lectora de guiones freelance. Y después de hacer muchísimos informes, el trabajo empezó a incluir un tercer hobby: charlar con gente de la vida y las películas. Más bien, de la vida y de la película que ese alguien quería hacer, para ayudarle con el guión. Preferentemente, con una cerveza sobre la mesa. Mi cuarta afición, y no van en orden de intensidad. Con el tiempo, además, llegaron las invitaciones a dar charlas y talleres, donde se suelen aunar, por lo menos, las aficiones #3 y #4. Mejor aún: llegaban propuestas de otros países, y qué más se le puede pedir a un trabajo si incluye hasta un quinto hobby, que es viajar.
Puede haber guiones que sean un coñazo; desarrollos infernales; talleres sosos. Pero son la excepción. El trabajo de un story editor con suerte es el mejor que se me puede ocurrir porque me permite hacer lo que me apetece. No es que me forre, pero si trabajara en otra cosa y tuviera más dinero me lo gastaría en libros, películas, copas charlando con gente, viajes.
Todo esto lo cuento aquí sobre todo para dar envidia. También para justificarme: la vida me ha tratado tan bien hasta la fecha que no he aprendido a tragar con lo que me da pereza. Para ganarme la vida, me basta con hacer lo que tengo ganas de hacer: entiende que no hay visto esa película; ni sepa quiénes son esos actores; entiende que no vea los Oscars ni me apunte a esa asociación ni acuda a ese sarao, y sobre todo entiende que no me pronuncie sobre temas de actualidad. He llegado hasta aquí, sea donde sea este aquí, huyendo de ella.

Relativismos

Si nadie sabe nada, si nada es verdad o mentira, si para gustos colores, y si encima cada uno tiene delante un cristal de un color, asesorar guiones será cuestión de ayudar al autor a aclararse de cómo lo ve; ayudar a intentar predecir cómo lo verá la gente a la que se destina; saber más o menos cómo se ve con las gafas de cada uno de los gurús; y confesar honestamente cómo lo veo yo con mi cristal delante, llegado el caso. A ver si meto eso en una diapositiva con dibujito para el próximo powerpoint.

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