Análisis de guión. Sigue.

Para ser analista de guión vienen bien cuatro cosas:
1. Saber cómo funcionan los guiones
2. Saber expresar tus ideas por escrito
3. Saber adaptarte al cliente
4. Que alguien te pida que analices un guión

Veo en internet que hay cursos bastante largos de análisis de guiones, y desde luego no seré yo quien desaconseje ninguna iniciativa de formación. De cursos, talleres y conferencias siempre, siempre, se sacan cosas útiles: lo peor que puede pasar es que no justifiquen el tiempo o dinero invertido.

A mí desde luego me vinieron de maravilla unas clases de la story editor Blair Richwood en UCLA, de las que recuerdo sobre todo sus consejos de estrategia (Por ejemplo: Si trabajas en desarrollo y eres mujer no te sientes cerca del café en la mesa de reuniones: en cuanto empieces a servir tacitas –“¿lo quieres solo o con leche? Ah, con una lagrimita. Bien, y ¿quieres azúcar?”- van a pensar que estás ahí para eso y pasarán de tus aportaciones).

En cualquier caso, muy poca gente quiere dedicarse al análisis como primer contacto con la escritura de guiones. Generalmente son licenciados en Comunicación Audiovisual, ex alumnos de un master de escritura, etc.

Es gente que en realidad ya sabe o debería saber teoría de guión. Gente que probablemente prefiera ganarse la vida escribiendo sus propias cosas y no trabajando en las de los demás, pero que cree que con el análisis puede aprender más, o puede ganar contactos o una reputación que luego le permita vender lo que escribe, o que puede sacarse unos euros.

De forma que, si ya sabes la teoría de cómo se escribe un guión, y no quieres o no puedes emplear tu tiempo o tu dinero en más clases, la buena noticia es que no son un requisito para ser analista.

Sí es un requisito, en cambio, saber expresar tus ideas por escrito. Saber resumir 100 páginas de guión en unos párrafos de sinopsis, por ejemplo. En las sinopsis es preferible imitar el tono del guión, y no escribir un leño pedante si estás resumiendo una comedia; ni una cosa ligerita y cuajada de guiños al lector si es un drama profundísimo. En cambio en los comentarios el estilo no importa tanto siempre que no haga insufrible su lectura. Un analista escribe para hacerse entender. Como decía en el post anterior, no se puede gustar a todo el mundo. Hay quien prefiere textos cercanos a lo oral, menos formales; y quien prefiere un estilo más serio o periodístico.

Si sabes que alguien reniega de las fórmulas y lo que huela a manual, salpicar tu informe de palabros en inglés -plot point, inciting incident, cliffhanger- no es muy buena idea. Adaptarse al lector del informe, si lo conoces, sí lo es. Y también, adaptarse a las intenciones de quien escribió el guión. Un ejemplo absurdo que suelo poner es el del story editor como dietista infantil: si entra un niño en tu consulta y te preguntan qué tiene que comer, pues dependerá: ¿quiere ser luchador de sumo o jockey? Porque la dieta no será la misma, y tú no decides qué tiene que ser de mayor. Tienes que averiguarlo, en la medida de lo posible.

Finalmente, y ya hemos llegado al punto 4 que mencionaba antes, para ser analista hace falta que alguien te pida que leas un guión. ¿Cómo consigues que te lo encarguen, si estás empezando?

Como este post se está alargando demasiado, otra vez, este tema lo dejo para el siguiente. Toma cliffhanger.

Análisis de guión. El origen.

¿Qué hay que hacer para ser analista de guión? ¿Cómo se empieza?

No sé si es muy útil contar cómo empecé yo, porque las circunstancias han cambiado.
Entonces no había muchos analistas, o no se conocían. Hasta hace relativamente poco, podía presumir de ser una de las diez mejores story editors de España. Y una de las diez peores también. Vaya, que seríamos como seis o siete story editors.

Como estás viendo, amable ser humano que me lees, aunque no sea muy útil que cuente cómo empecé, he decidido hacerlo.

Ahí voy. Conseguí, al acabar la carrera de Periodismo, unas prácticas en una productora cinematográfica. Hacía fotocopias y café, atendía el teléfono, recortaba de las revistas fotos de actores y las ordenaba en un fichero, para futuros castings. Y también leía guiones, resumía el argumento, y hacía un informe siguiendo las instrucciones de un libro que me pasó mi jefe, “Reading for a Living”, de T.L. Katahn, que creo que no está traducido. Terminaban en una recomendación de considerar o pasar. Es decir: que se lo leyera alguien más, u olvidarlo. Mi jefe también me dio los análisis de una lectora algo mayor que yo para que me sirvieran de modelo, porque a él le gustaban mucho.

Cuando terminé las prácticas, mi jefe me preguntó qué quería hacer con mi vida, y le contesté que me gustaba eso de leer guiones. Y entonces él mandó un fax (de esos que salían enrollados y que había que fotocopiar porque se iba borrando la tinta) a sus contactos, presentándome y diciendo que ahí estaba yo para hacer análisis.

Primera idea: Mi jefe no me recomendó porque le deslumbrara mi cultura cinematográfica (por otro lado inexistente), ni porque nos lleváramos especialmente bien. Me recomendó porque los informes que hacía para él se leían fácil y le resultaban útiles. Si alguna vez le recomendaba que se leyera un guión, y lo leía, le encontraba las virtudes que yo le había encontrado. Seguro que alguna vez se leyó algo que yo desaconsejaba que leyera, y estuvo de acuerdo con que efectivamente ese guión era un truño, o era estupendo pero no era para esa productora. Yo entendía qué estaban buscando y me atenía a ese criterio. Por eso mi criba le ahorraba tiempo.

Algunos de los contactos de mi jefe me llamaron tiempo después de recibir ese fax, y me hicieron una prueba sin cobrar, o pagándome cinco mil pesetas por guión leído. Así estuve mucho tiempo.

Segunda idea: Aquellos productores se permitieron hacerme esa prueba sin conocerme porque no arriesgaban mucho. Podían perder cinco mil pesetas, o el rato de leer mi informe si no les servía para nada.

Tercera idea: aunque sea una opinión impopular, creo que tienes derecho a regalar tu trabajo si te conviene, o a venderlo más barato que profesionales consolidados. Si yo hubiese cobrado lo mismo que Linda Seger (en la época, se llevaba mucho Linda Seger) por hacer un informe, evidentemente hubieran preferido contratar a Linda Seger.

Por mi parte, pude estar mucho tiempo regalando o vendiendo barato mi trabajo porque el dinero que sacaba me lo gastaba en vicios: vivía bajo el techo paterno. Esa lectora algo mayor que me ponían de modelo era muy buena. Cobraba lo mismo que yo, pero su familia era de Cartagena, y si quería vivir en Madrid, que era donde entonces había que estar para trabajar en cine, tenía que pagar un alquiler. El análisis de guión no daba para pagar un alquiler. Cogió un trabajo en otra cosa. Yo no tenía que pagar un alquiler porque el techo paterno estaba en Madrid.

Cuarta idea: la vida es injusta, y a la analista hecha a sí misma también la han hecho las circunstancias favorables.

Al cabo de un tiempo de cribar guiones para gente más ocupada que yo, a algunos que solían estar de acuerdo con mis comentarios se les ocurrió que podría darlos sobre cómo mejorar un guión que ya se habían leído y que querían producir. Y a los que les pareció útil mi opinión, me siguieron llamando para más proyectos: de ser lectora o analista había pasado a ser consultora, “story editor”. Ya no recuerdo si me ofrecieron más dinero, o si es que lo pedí yo. Pero salí de la indigencia. Y eso que no todos mis clientes siguieron llamándome: imagino que a bastantes de ellos mis sugerencias les parecieron una bazofia.

Quinta idea: Es imposible gustar a todo el mundo. Pero hay gente pa to. Si gustas a un número suficiente de empleadores es que tus ideas y tu forma de exponerlas están suficientemente bien. Que le den a “Reading for a living” y a su norma de comentar los guiones por apartados de “trama”, “personajes”, “estructura”, que es una cosa que personalmente me da mucha pereza. Creo que hay que empezar con un modelo ortodoxo que has aprendido, pero si luego te desvías y hay gente que te sigue llamando, vas bien.

Llegó el siguiente paso: ¿y si en vez de esperar a que hubiera un guión terminado me ponía a trabajar con el guionista (vale, o la guionista) desde una idea, o una sinopsis, o un tratamiento? Si hasta ahora casi todo era por escrito, y frecuentemente anónimo (daba mis ideas a alguien de la productora que luego transmitía las que le gustaban como si fueran cosa suya), ahora había encuentros cara a cara y entraba en juego la sintonía personal. A aquellos guionistas les habían impuesto una consultora no solicitada, pero algunos descubrieron que les era útil, y quisieron que les ayudara en otros proyectos.

Reitero la quinta idea: es imposible gustar a todo el mundo. Y añado la sexta: creo que es difícil una colaboración creativa con gente que no te gusta. Si no te gusta nadie, difícilmente querrán contar contigo como story editor, salvo que disimules muy bien. Aunque disimules bien, creo que pasarte la vida al servicio de gente que detestas te hará infeliz.

Estas líneas se están alargando demasiado, así que aquí lo dejo. En el siguiente post intentaré aplicar mi experiencia personal al siglo XXI, y dar algún consejo, y lo que surja. Si eres analista y quieres contarme cómo empezaste; si quieres serlo y tienes preguntas concretas, escríbeme.

Guionista colgando un cuadro

Si el proceso de escritura de guión fuera colgar un cuadro en tu casa, el consultor sería esa persona que está unos metros más atrás viendo si está recto (si es que te fías de ella), o que está sujetando el cuadro, pegándolo a la pared, mientras te alejas y lo miras con perspectiva (si confías más en tu vista o tu propio criterio).

Cuando acabas de terminar de colgar un cuadro sin ayuda de nadie, cuando abres los dedos para dejar que el cáncamo se apoye en la alcayata (alcayata sabía decirlo, cáncamo lo he tenido que consultar en google), tienes la esperanza de que haya quedado bien. A veces, tienes la total certeza de que ha quedado bien. Y entonces das unos pasos hacia atrás, contemplas el resultado, y muchas veces te ciscas en lo que sea, y arrancas la alcayata para clavarla de nuevo en otro sitio, o te pones a girar el cáncamo a ver si así queda el cuadro menos torcido, o lo dejas así porque ya estás hasta el gorro de bricolaje y no queda tan mal.

Tardas unos segundos en tomar distancia con un cuadro colgado en la pared. En tomar distancia con un guión que has escrito, no sé cuánto se tarda. Si los guionistas dejaran pasar un año entre versión y versión, seguro que ya sabrían dónde fallaba la anterior, y tendrían ideas de cómo solucionarlo. Pero no suele haber tiempo, ni ganas, de dejar pasar un año.

Sin ayuda de nadie, puedes ir con tu cinta métrica y tu lápiz y asegurarte de que las dos esquinas inferiores están a la misma distancia del suelo, aunque ya se sabe que las cintas métricas no suelen funcionar en los guiones. Puedes poner tu cuadro en las manos de alguien con talento para la decoración y pedir que te lo cuelgue, pero entonces también tendrá la nariz pegada al lienzo, y perderá la perspectiva. Se me podrían ocurrir más opciones a la hora de colgar un cuadro, pero tampoco hay que agotar a la pobrecica metáfora. Yo, a lo que iba, es que trabajar con un consultor de guión te puede ahorrar tiempo y esfuerzo. Pues eso.

Hay una cosa que te quiero decir

Tengo pocas cosas que decir y, de las pocas cosas que tengo que decir, muchas me da miedo o pereza decirlas.
Quizá por eso solo escribo un post al año. Otra explicación es que soy una dejada.
En cualquier caso, aquí va mi post de 2019.
LOS PUNTOS Y APARTE SON BUENOS.
Recuérdalo cuando escribas tu guión.

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En mi opinión

“Pero como este guión es de terror, si da miedo funciona”, o “Pero como es un guión de comedia disparatada, si te ríes funciona”. He escrito las frases anteriores más de una vez, refiriéndome a guiones heterodoxos, para a continuación decir si había pasado miedo o si me había reído leyendo. El problema es que mi experiencia es UNA experiencia, y tiene un valor minúsculo para los guionistas, salvo que su target sea gente como yo, y, claro, yo es que soy súper especial, inclasificable, única. Y por la perplejidad que me invade cuando entro en las redes sociales, últimamente me he debido de volver rara de cojones.

Si el único criterio para juzgar o mejorar un guión es “que la peña se ría” o “que la peña se asuste”, me veo poco capacitada para ayudar como story editor. Debería haber lectores que fueran como el pueblo ese de Estados Unidos, que cuando votan, votan exactamente como votará todo el país. Así, habría la seguridad de que si Fulanita se ha reído con el guión, a España le va a parecer graciosa la película. O ni siquiera, porque a veces una cosa y otra se parecen poquito. Una vez estrenada la película, a veces su guión es como para un post de Maldita Hemeroteca.

“Yo me he reído” por parte de un lector tiene, al menos, una cierta modestia. “Yo no, pero la señora de Cuenca se va a reír” es más atrevido, pero si hay estudios sociológicos por medio, o comparaciones con otras películas, pues amén. Lo de “este chiste no tiene gracia” es tan arrogante como “un marciano nunca diría eso”. Los analistas podemos juzgar un montón de cosas pero si solo se trata de adivinar “si le gustará a la gente”, mejor dar nuestra humilde opinión sabiendo que, a quien nos ha encargado el informe, nuestra opinión podría importarle un bledo. En mi caso, no solo podría sino que sería lo mejor.

Ojalá fuera una analista como el pueblo americano ese. Ojalá al menos pudiera explicarme por qué a la gente le gusta esa comedia descacharrante y no esa otra, o por qué esa peli de terror triunfa y aquella otra no la ve ni su equipo técnico. Ojalá pensara que tiene algo que ver con su guión.

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Post hoc

Gracias a Josiah Bartlett (para mí y los demás amigos, Jed) descubrí eso de Post hoc ergo procter hoc: decir que algo es causa de otra cosa, simplemente porque ocurrió antes. En Cuéntalo bien hablaba de atribuir el suspenso del niño a que hubiera jugado el día anterior a la Play Station, por ejemplo, cuando igual era que la profe le tenía manía. Pero no sabía que se llamara así porque aún no había conocido a Jed.

Los que trabajamos en ficción solemos inventarnos los porqués, y eso está muy bien. Y cuanto más simple la causa, cuanto más solita esté, mejor funciona. Nos la inventamos porque podemos. Eso sí, el placer –o la tranquilidad- que da ese mundo esforzadamente ordenado de las historias se encuentra pocas veces en la realidad.

Pero el ser humano, yonki de sentido, sigue buscando ese placer. Sigue buscando causas simples y únicas de lo que le ocurre (“No ligo porque he engordado una barbaridad”) o de lo que ocurre (“El acoso mediático le llevó al suicidio”). Y cuando se cree las causas que se ha inventado, va y se pone a dieta, o instaura la censura, o cualquier otra cosa.

Más que buscar la verdad, lo que intentamos al preguntarnos un porqué es narrar una buena historia y que la gente se la crea. Las conspiraciones molan más que las casualidades, los arcos de transformación molan más que la ciclotimia, y como problema, los kilos son más solucionables que un carácter endemoniado.

Personalmente, me he propuesto reservar los post hocs, e incluso la indagación sobre las causas de lo que ocurre, para mi trabajo de consultora de guión. En cuanto a la vida, confío en el guionista y estoy segura de que atará todos los cabos antes de terminar la película. Confío en que al final todo estará bien.

#EnTwitterNoDebato

¿Sabes cuando en una conversación vas a decir algo, coges aire, y luego decides que mejor no y exhalas? Me pasa todo el tiempo en Twitter, cuando leo cualquier cosa de cualquier tema de actualidad. El otro día lo hice hashtag: #EnTwitterNoDebato, y creo que voy a usarlo con frecuencia. En 140 caracteres no hay espacio para matices ni argumentos complejos, y además el personal está ahí con el colmillo afilado, dispuesto a lanzarse contra cualquier tweet que le huela a enemigo, y a mí me da pereza pelearme. Como no dejo de decir en cualquier radio que quiera entrevistarnos a cuenta de El verano de nunca acabar, las redes sociales han dado alas a la polarización. Si te suena la idea es porque también lo dice Soto Ivars, que creo que va a más radios.

Así que en twitter ya no debato porque creo que no sirve de nada, y lo que estoy planteándome ahora es si en algún sitio sirve de algo debatir. A ver, que a todos nos gusta un buen espectáculo con su conflicto, su alfa y su bajoperro; a todos nos gusta ver a nuestro paladín darse de leches con el paladín del otro. Pero el nuestro no dejará de ser nuestro porque pierda el debate. De hecho, nunca pensaremos que lo ha perdido. La coña en el libro era “Prueba la modalidad cara a cara, debatiendo con un visitante del otro bando; o la modalidad cuerpo a cuerpo (según el reglamento de la Federación Española de Kickboxing). El cara a cara incluye una encuesta online que te declara ganador del debate por abrumadora mayoría.”

No sé, quizá presenciar un debate –argumentos de un lado y de otro, y la fotogenia de quien los expone- te haga cambiar de opinión, si es sobre un tema que no te importa mucho. Viendo las reacciones que suscitan en otros las palabras “nacimiento parcial”, o que suscita en mí “heteropatriarcado”, creo que sobre lo fundamental nunca se cambia de opinión. Y aunque lo primero que te sale es pensar que el otro está tonto, y que no le furula el cerebro, acabo de descubrir que lo que pasa es que le furula divinamente.
Y es que EL CEREBRO NO ESTÁ PARA LLEGAR A LA VERDAD. Lo dice la neurociencia, y me enteré en un artículo de Elizabeth Kolbert en el New Yorker.

En su libro “El enigma de la Razón”, Hugo Mercier y Dan Sperber exponen que la ventaja del ser humano sobre otras especies es su capacidad para cooperar. Y la cooperación es difícil de implantar y aún más difícil de mantener, porque lo que nos sale a todos del alma es hacer cada uno la guerra por su cuenta. El cerebro evolucionó no para resolver problemas abstractos, ni para sacar conclusiones de datos nuevos, sino para lidiar con los problemas de vivir en grupos colaborativos: “El razonamiento es una adaptación a los nichos hipersociales a los que los humanos han evolucionado”.

Por ejemplo, el “sesgo de confirmación”: la tendencia a agarrarte (me agarro a la quinta enmienda) a la información que apoya tus creencias, y desestimar la que la contradice. Un experimento en Stanford dio dos estudios estadísticos sobre la pena de muerte –uno a favor, otro en contra- a dos grupos de estudiantes: uno a favor y otro en contra. Los estudios, inventados, presentaban estadísticas inventadas y diseñadas de forma que tuvieran la misma pinta de creíbles. Resulta que los que estaban a favor de la pena de muerte calificaron los datos anti pena de muerte de poco convincentes, y los que estaban en contra pensaron también que el estudio que daba datos a favor era poco convincente. Al final del experimento, los estudiantes tenían que confirmar su postura y –sorpresa- en ambos casos habían reafirmado y extremado su postura inicial. Otros estudiosos, Jack y Sara Gorman, dicen que este sesgo de confirmación hasta puede tener un componente fisiológico: experimentamos un pico de dopamina cuando procesamos información que apoya nuestras creencias.

Mercer y Sperber usan el término “sesgo de mi-bando”. Cuando a los humanos se les presenta el argumento de otro son muy buenos detectando su punto débil, pero en cambio están ciegos a las debilidades del propio. Ellos lo achacan a que para nuestros antepasados lo más importante era que no te dieran por saco, metafóricamente, otros miembros del clan (y que te mandaran a cazar mamuts mientras ellos se quedaban, tan panchos, en la cueva). Lo bueno no era tanto razonar sino ganar en las discusiones. Pero, claro, no tenían que lidiar con decisiones sobre la pena de muerte, ni manejarse con estudios inventados ni noticias falsas. Ni twitter.

Sigo fusilando el artículo del New Yorker. Sloman y Fernbach, otros científicos que imagino respetables, publicaron “La ilusión del conocimiento: por qué nunca pensamos solos”. Hicieron otro experimento en Yale: pidieron a los estudiantes que calificaran su conocimiento acerca de cosas cotidianas como el funcionamiento de un retrete. Todo el mundo se consideró un experto. La segunda parte del experimento era detallar, paso a paso, cómo funcionaba un retrete. Y fue entonces cuando descubrieron que no tenían ni puñetera idea. Sloman y Fernbach lo llaman “la ilusión de profundidad explicativa”: creemos que sabemos mucho más de lo que sabemos. Lo que nos permite mantener esta creencia es otra gente: llevamos fiándonos de los demás desde que descubrimos cómo cazar mamuts en grupo. Alguien ha diseñado un retrete, pues estará bien diseñado. Colaboramos tan bien que no sabemos dónde acaba nuestro conocimiento y dónde empieza el de los demás. A medida que se crearon nuevas herramientas, aparecieron nuevos espacios para la ignorancia: si todo el mundo hubiera querido saber los principios de la metalurgia antes de coger un cuchillo, mal. Así que esta ilusión de profundidad explicativa tuvo su punto, en su momento.
Donde empiezan los problemas, según Sloman y Fernbach, es en política. Porque una cosa es tirar de la cadena sin saber cómo funciona el mecanismo, y otra es votar a favor o en contra de algo, sin saber. Otro experimento curioso: en 2014 se pidió a americanos que dijeran cómo debía reaccionar Estados Unidos a la anexión de Crimea por parte de Rusia, y también que situaran Crimea en un mapa. Cuanto más despistados andaban sobre dónde estaba Crimea, más claro tenían que USA debía intervenir militarmente.

“En general, las convicciones muy firmes no surgen de un conocimiento profundo”, escriben Sloman y Fernbach. Y aquí, nuestra dependencia de otras mentes refuerza el problema. Si tu opinión sobre algo no tiene ninguna base y yo confío en ella, entonces mi opinión tampoco tiene ninguna base. Y si convencemos a un tercero, su opinión tampoco la tiene, pero ahora que somos tres ya estamos mucho más sobrados con nuestra postura. Si descartamos como “poco convincente” cualquier opinión contraria, lo que tienes es la Administración Trump, dice Elizabeth Kolbert en el artículo, aunque yo creo que también es aplicable a cualquier grupo humano cerril, que ya he dicho que en twitter lo parecen todos.
“Así es como una comunidad de conocimiento puede resultar peligrosa”, dicen Sloman y Fernbach. Han probado el experimento del retrete, pero sustituyéndolo por políticas públicas como implantar la Seguridad Social obligatoria o pagar a los docentes según resultados. Los participantes debían indicar su postura inicial en función de lo convencidos que estaban a favor o en contra. A continuación tenían que explicar, con todo el detalle que pudieran, el impacto de estas medidas. La mayoría de la gente aquí se lió, y cuando les pidieron que volvieran a calificar el grado de convicción en su postura, resulta que ya eran mucho más moderados…

Sloman y Fernbach ven en esto un rayo de esperanza, pero yo lo veo de difícil aplicación: fuera de un experimento científico, a ver cómo consigues que alguien pase un rato intentando explicarte honestamente y sin ánimo de convencerte las repercusiones de una iniciativa política, y acabe dándose cuenta de que no lo tiene tan claro como cree.
Con este cerebro trucado que por lo visto tenemos dudo que el debate, aunque sea presencial y cerveza en mano, vaya a conseguir ponernos de acuerdo o que nos bajemos de nuestra burra. Y sin embargo, fuera de las redes sigo discutiendo con amigos que no piensan como yo. A veces, lo reconozco, como en el experimento del retrete: si no rebato sus argumentos y solo pregunto quizá alguna vez se topen con sus propias lagunas. Pero aunque no sirva para que cambien de opinión, el debate con amigos siempre es útil: que gente a la que quiero piense semejantes chorradas me hace menos hostil hacia aquellos que en twitter dicen chorradas similares. Y a la inversa: creo que la gente que me quiere y que sabe cómo pienso es menos hostil con los que en twitter dicen lo que pienso yo. Tenemos la gran suerte, mis amigos y yo, de tenernos.

El problema no es que pensemos distinto. El problema no es que haya dos Españas, si las hay. Ochoas y Santamarías, izquierda caviar y derecha ultramontana, porcícolas y calabaceros, los de Alhorín del Cerro y los de Meneos de Muñón. El problema es que, por sus ideas, sean incapaces no ya de tenerse cariño sino de convivir. Las redes sociales son el peor lugar del mundo para querer a la gente que no piensa como tú. Volvamos a los bares y las calles, a matar el rato juntos en las plazoletas, volvamos a hacer la mili. Volvamos a la Uno y el UHF como mucho, a hacer cola en las mismas tiendas del barrio y a viajar en horas punta en el mismo autobús. Vamos a rozarnos, porque arden las redes y de esta mala leche generalizada no nos salvará el cerebro. Nos salvará, si eso, el corazón.

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De profundis

Siempre que alguien se burla de los Segers y McKees y de sus manuales súper ventas cuando no han escrito ni un guión bueno, pongo cara de póker y escurro el bulto, porque no me gusta polemizar. La cantidad de veces que me habrán preguntado que por qué no escribo, ya que tengo el desparpajo de asesorar a los que sí…

Suelo contestar que lo que más me gusta es mi trabajo de story editor, y que posiblemente mi credibilidad se resentiría si fuera una mala guionista; o una buena guionista de películas románticas cuando estuviera trabajando en un proyecto de terror, o viceversa. Por ejemplo: “Esto no se entiende”. “Tú qué vas a entender, pedazo de cursi, si ya vi tu truño de peli y lo explicas todo catorce veces”.

Pero, en realidad, podría dar otras explicaciones. Que aún no he encontrado la historia que me muera por contar (respuesta idealista), o que sí que he co-escrito algún encargo porque co escribir encargos no es lo mismo, (respuesta conservadora), o que sufriría demasiado si fuera la responsable de algo con lo que me identifico hasta las cachas, y lo pusieran a caldo sin piedad -respuesta sincera pero que denota cobardía. Y debería ser menos cobarde, porque con “Cuéntalo bien”, la cosa más mía hasta la fecha, he sido muy feliz: sus detractores fueron educados en sus críticas, y sus partidarios fueron encantadores.

Así que ya está. La suerte está echada. En diez días sale una novela, que es la historia que me moría por contar; y que he escrito a cuatro manos con la sin par Montse Ganges, con quien firmo como Margarita Melgar. Somos 100% responsables del resultado, con el que no puedo sentirme más identificada. Y aunque tiene muchas papeletas para que la pongan a caldo porque reparte leña en todas direcciones, España, el libro y yo somos así, señora.

A partir del 1 de febrero, de la editorial Harper Collins, EL VERANO DE NUNCA ACABAR.

Redes sociales

He estado tres semanas en Cuba, dando unas clases en la Escuela de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños y luego en el Festival de la Habana. Internet iba muy malamente. He estado sin facebook ni twitter ni prensa digital ni memes por whatsapp.
Hoy, ya de vuelta, he podido al fin enterarme de lo del cara anchoa y el solsticio navideño y los padres de Nadia.

Ayer estaba tan contenta en La Habana y hoy se me está virando el humor. Será el jetlag, o el frío, o que echo de menos a los nuevos y viejos amigos que se han quedado allá. O será lo de haber vuelto a mi potentísimo wifi. Ay, si yo tuviera fuerza de voluntad qué fumadora más feliz sería.

Trabajar en verano

Pasé medio agosto a orillas del lago de Pátzcuaro, en México. El pueblito se llamaba Tzintzuntzan, que significa “lugar de colibríes”. En el antiguo convento, junto a las ruinas de pirámides prehispánicas, nos reuníamos a hablar de historias. De contrabando, fugas veraniegas, burros enamorados, inmigrantes, mineros, adolescentes, timos. Las cristaleras de mi casa daban a un jardín exuberante con estatuas de caracolas y por las tardes, hacia las seis, me sentaba con mis anfitriones a tomar una copa en el mirador sobre el lago. Fue un hermoso taller de guión…
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